HUESCALAPA Y SU VIRGEN: EL SUR DE JALISCO QUE DANZA Y NO CALLA

Chaky Saldaña
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Hay pueblos que gritan su fe a través del silencio de una imagen y otros que la expresan a punta de sonaja, chaleco bordado y paso de danza. Huescalapa, municipio enclavado en el sur de Jalisco, pertenece con orgullo a este segundo grupo: cada año, cuando llega la fiesta de su patrona, este pequeño rincón jalisciense se sacude el polvo del camino y convierte sus calles en un escenario donde la devoción y la cultura popular se abrazan sin pedir permiso.

La cuadrilla de Sonajeros La Guadalupana —fundada con el fervor que solo da la tradición heredada— es la columna vertebral de esta celebración. Sus danzantes, vestidos con chalecos adornados de listones multicolores, calzonera de terciopelo y el inconfundible huarache de cuero de la región, ejecutan las figuras de la arribeña, la abajeña y la pronunciada al compás de sonajas de madera torneada que resuenan como un eco de siglos. No es folclore de vitrina: es identidad viva, transmitida de generación en generación con la misma precisión con que se talla la madera de un instrumento.

Lo que ocurre en Huescalapa cada temporada de fiesta patronal es, en realidad, un acto de resistencia cultural que el sur de Jalisco practica con naturalidad. En un México que muchas veces voltea hacia el espectáculo global, este municipio le apuesta a lo propio: a su virgen, a su danza y a ese sonido inconfundible de las sonajas que, lejos de apagarse, cada año suena más fuerte.

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