
Tras décadas de ver versiones edulcoradas del héroe de Sherwood, el cine finalmente se atreve a mirar hacia el final del arco. En “The Death of Robin Hood”, nos alejamos de las mallas y las aventuras infantiles para adentrarnos en un drama visceral y crepuscular. Aquí, un Hugh Jackman magistral —quien ya demostró en Logan que nadie habita el cansancio del héroe mejor que él— interpreta a un Robin Hood herido, enfrentado a su pasado y a una mortalidad que no perdona ni a las leyendas.
La dirección nos sumerge en un bosque de Sherwood que ya no es un refugio vibrante, sino un cementerio de recuerdos sombríos. La narrativa se aleja del cine de acción convencional para priorizar el peso del remordimiento y la redención, logrando que el espectador sienta cada cicatriz del protagonista. Es una pieza cinematográfica que, más que contar un robo a los ricos, disecciona la riqueza del alma humana cuando se queda sin tiempo; una joya cruda que se siente necesaria para refrescar la mitología clásica.
Esta producción llega con el sello de calidad que solo los grandes relatos logran imprimir en la pantalla grande. Gracias a la gestión y visión de Imagem Films México y Agencia Must, tenemos acceso a una de las interpretaciones más honestas de Jackman en años. Si buscan la adrenalina de las flechas, la encontrarán, pero es la puntería emocional de la cinta lo que realmente les atravesará el corazón. Es, sin duda, la despedida que el forajido más famoso de la historia merecía.




