CINE

Guadalajara: El set de oro que el cine no puede soltar

Desde la época en que Jorge Negrete cabalgaba por sus calles hasta la modernidad minimalista de sus nuevos barrios, la Perla Tapatía no solo es la cuna del mariachi, sino un lienzo vivo para el séptimo arte. Guadalajara posee esa cualidad camaleónica capaz de transformarse en una urbe cosmopolita o en el rincón más nostálgico del México profundo, atrayendo a directores que buscan algo más que una simple locación: buscan un espíritu. No es casualidad que nuestra ciudad haya pasado de ser el escenario de comedias románticas como Treintona, soltera y fantástica o el remake de La boda de mi mejor amigo, a albergar la oscuridad sobrenatural de Inquilinos en pleno Centro Histórico.

Pero el romance de la cámara con Jalisco no termina en la ciudad; se extiende a sus alrededores con una fuerza internacional que pocos sospechan. ¿Quién podría olvidar que la implacable “Novia” de Quentin Tarantino encontró su destino final en una hacienda de la Costa Alegre en Kill Bill: Vol. 2? O cómo el genio local y orgullo de la casa, Guillermo del Toro, decidió que la magia del stop-motion de su galardonado Pinocho tomara forma en el Taller del Chucho, demostrando que el talento tapatío es hoy por hoy el motor que impulsa la industria de animación a nivel global.

Caminar hoy por la zona del Puente Matute Remus o perderse entre los murales del Hospicio Cabañas es, literalmente, pisar un set de filmación constante. Guadalajara ha dejado de ser solo una locación para convertirse en una protagonista con carácter propio, una que seduce a Hollywood y al cine independiente por igual. La próxima vez que veas una cinta y reconozcas ese resplandor de cantera o la modernidad de Andares, recuerda que estás viendo a la capital cultural de México en su papel más brillante: el de musa inagotable del celuloide.

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