CHAPALA: EL MAR DE JALISCO QUE NUNCA DEJA DE SORPRENDER

Chaky Saldaña
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Su nombre viene del náhuatl y podría significar “lugar de búcaros” —esas pequeñas ollas rituales que los antiguos cocas ofrendaban al lago como gesto de reverencia. Esa devoción no ha caducado: el Lago de Chapala, el cuerpo de agua dulce más grande de México, sigue siendo el corazón de un destino que mezcla paisajes impresionantes, historia y una arquitectura única que lo mismo seduce al viajero curioso que al habitante de ciudad que necesita respirar. Situado a menos de 50 kilómetros de Guadalajara, el lago abarca 114 mil 659 hectáreas, 86 por ciento de ellas en suelo jalisciense, y hoy luce recuperado y generoso tras años de vaivenes hídricos.

Durante el Porfiriato, Chapala se transformó en el refugio favorito de la aristocracia tapatía y de viajeros extranjeros seducidos por su microclima envidiable. A lo largo de su malecón se conservan construcciones con influencias europeas de finales del siglo XIX y principios del XX, y su antigua estación ferroviaria —hoy reconvertida en Casa de la Cultura— sigue contando en voz baja aquellas historias de trenes llenos de paseantes dominicales. La isla de Mezcala guarda otro capítulo épico: ahí se libraron batallas decisivas durante la Guerra de Independencia, y aún espera a quienes se animen a cruzarla en lancha.

Hoy Chapala es un alegre mosaico de poblaciones —Ajijic, San Juan Cosalá, Jocotepec— con 17 galerías, cocina gourmet, artesanías y atardeceres que ningún filtro de teléfono ha logrado mejorar. Los charales fritos con limón al filo del malecón, un paseo en lancha al caer la tarde y las esculturas del corredor cultural son apenas la entrada de un menú que se disfruta completo solo yendo. Chapala no es nostalgia: es Jalisco en su mejor versión, y está esperándote a la vuelta de la carretera.

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