Ixtlahuacán de los Membrillos: el rincón que le sabe dulce a Jalisco

Chaky Saldaña
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A cuarenta minutos de la mancha urbana de Guadalajara, sobre la ribera, hay un municipio que decidió construir su identidad alrededor de una fruta: el membrillo. Ixtlahuacán de los Membrillos no es solo un nombre pintoresco en el mapa de Jalisco; es de las pocas poblaciones del estado que ha sabido convertir su vocación agrícola en una marca cultural sólida, con un festival que ya va por su novena edición y que cada año suma más visitantes, más municipios invitados y más identidad propia.

El Festival Internacional del Membrillo, que se celebra a inicios de agosto, es ya una cita obligada para quien busca turismo de cercanía con sabor auténtico: desfile inaugural de carros alegóricos, certámenes gastronómicos donde el ate, el ponche, el pan y hasta el jabón de membrillo se disputan el paladar del público, y un país o municipio invitado que aporta su propio folclor a la fiesta. Las últimas ediciones han dejado cifras que hablan por sí solas: decenas de miles de visitantes y una derrama económica que coloca a Ixtlahuacán en el radar turístico de la región, más allá de su tamaño.

Pero el atractivo no se agota en la feria. La parroquia de Santiago Apóstol, con más de un siglo de historia, la capilla del Sagrado Corazón asomada desde el cerro como mirador natural, y el sendero interpretativo La Angostura —con peñascos y cascadas en temporada de lluvias— completan un destino que combina patrimonio, naturaleza y gastronomía local. En un Jalisco que suele mirar solo hacia sus capitales culturales más obvias, Ixtlahuacán de los Membrillos demuestra que la identidad de un pueblo pequeño, bien cultivada, también puede dar fruto.

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