El colombiano José Álvaro Osorio Balvin llegó a Guadalajara con cuatro años de deuda y los cobró con intereses. Emergiendo de una plataforma elevada, vestido de cuero negro y flanqueado por bailarines, el artista abrió la noche ante una Arena VFG repleta que no esperó instrucciones para convertirse en la pista de baile más grande de Jalisco. Aunque el show estaba programado para las 8 de la noche, el tráfico sobre la carretera retrasó la aparición del colombiano hasta poco después de las 9, pero nadie pidió su dinero de vuelta: la espera se bailó de pie.
Con más de 15 mil personas adentro, el recinto vibró desde los primeros acordes de “Qué Más Pues”, “Con Altura”, “Downtown” y “Sigo Extrañándote”. El momento más ruidoso llegó con “Mi Gente”, cuando la Arena VFG se fundió en una sola masa de teléfonos encendidos, saltos y gritos mientras Balvin caminaba de extremo a extremo del escenario. El artista habló poco —no lo necesitó— y apostó por dejar que la música sostuviera la noche. La producción destacó por sus efectos visuales, cambios de vestuario, más de una docena de bailarines y el show dividido en cuatro actos, con Tito Doble P y El Bogueto como invitados sorpresa.

Entre el público convivieron adolescentes maquilladas con brillo metálico y parejas treintañeras, padres que hace diez años escuchaban a Balvin en el coche y llegaron ahora con sus hijos. Eso dice más de un artista que cualquier cifra de streaming: cuando dos generaciones comparten el mismo coro a gritos, la canción ya dejó de ser moda para convertirse en patrimonio. Cuando “In Da Getto” cerró la presentación, todavía había gente bailando en los pasillos y afuera, entre puestos de comida y filas de autos, algunos seguían cantando fragmentos del show. Guadalajara le dio casa. Él respondió con fuego.
